Black Hammer

La Plaga

Hogueras en la oscuridad (Relato)

Hogueras en la oscuridad – Una historia que introduce la ciudad de NasurNaga, o Despeir, como la llaman algunos de sus habitantes.

Hogueras en la Oscuridad

junio 24, 2012 Posted by | Ciudades, Relatos | Deja un comentario

Constructia: La Guerra del Despertar

Grandes maravillas aguardan a los escasos visitantes que llegan a construictia. “Una ciudad de grandes maravillas mecánicas, donde muchas veces las máquinas demuestran estar más vivas que los vivos que allí habitan”, así la describió un viajero llegado a Seesa.

Constructia no ha sido nunca uno de los destinos favoritos de los habitantes de las aisladas ciudades de Black Hammer, quienes, tras la llegada de los dragómadas, se lanzaron a conocer las incontables maravillas de las ciudades del mundo asediado por la Plaga.

Las torres élficas, las terribles magias de los kaeremitas, las espectaculares  criaturas engendradas por el Pueblo de la Tenumbra, pero pocos parecieron interesarse por las mecánicas maravillas que recorrían las casi alienígenas calles de Constructia.

Con la llegada de las caravanas de lo dragómadas, llegaron también los rumores sobre los otros supervivientes dela Plaga. Pronto, extraños aterfactos mágicos comenzaron a circular, y hechiceros incréibles y sacerdotes de extraños dioses recorrtieron el mundo buscando más poder y comprensión de un mundo que creían limitado, y que se acaba de ensanchar de improviso.

Sin embargo, las extrañas descripciones de Constructia, sus incomprensibles objetos mágicos, y sus mecánicos habitantes no parecieron interesar a nadie, hasta la llamada Guerra del Despertar. Las noticias de un levantamiento masivo en la lejana ciudad de Iroistar cambió la opinión sobre esta ciudad en el resto del mundo.

En Iroistar, un pequeño grupúsculo de hechiceros milenarios controlaba al resto de la población, una multitudinaria masa de elfos, hombres y orcos que vivían hacinados cumpliendo todos los deseos de sus amos, los hechiceros que crearon la ciudad.

Sin embargo, los excesos de la minoría de hechiceros y nobles crearon un malestar creciente, contenido hasta ahora, pues los supervivientes de la ciudad creían que ése era su único modo de vida, y su única opción. 

El descubrimiento de que había una salida a través de los dragómadas llevó a algunos de los esclavos a reunir las pocas riquezas que podían esconder y a huír ocultos en alguna caravana.

Con el tiempo, estos esclavos huídos regresaron a la ciudad en la que nacieron, repletos de riquezas. Algunos trajeron ideas de libertad y los relatos de lo que habían visto en otras ciudades. Y con ellos, llegó la rebelión.

Una marea de esclavos de varias razas, armados en secreto por sus patrocinadores, y reforzados por algunos mercenarios contratados para derribar las barreras mágicas, se lanzaron en masa contra los hechiceros opresores.

Una tras otra, las fuerzas de la guardia de élite de los hechiceros cayeron, y la victoria parecía alzarse del lado de los rebeldes. sin embargo, algo pasó. Los esclavos no habían sido los únicos que habían reforzados sus posiciones con artefactos y armas de las demás ciudades.

Paradójicamente, los grandes hechiceros, de huesos crujientes y piel apergaminada, creyeron apropiado confiar su última defensa a algo que no comprendían, las creaciones de Constructia. Mezcla de magia arcana, runas y alquimia mecánica, y de precisos conocimientos de fabricación, las máquinas de Constructia asombraron a los dirigentes de  Iroistar, quienes decidieron “contratar” un regimiento de constructos de combate.

Cuando los esclavos llegaron a las puertas del recinto interior y sus improvisados arietes rompieron las labradas puertas de acero negro, un extraño sonido surgió del interior del refugio de los hechiceros, y un vapor aceitoso impregnó los pasillos y las salas.

Sin más aviso,  las pesadas puertas de metal estallaron en mil pedazos, dispersándose como metralla e hiriendo y matando a gran cantidad de asaltantes. Con mecánica precisión, una oleada de máquinas impávidas fueron saliendo por la puerta desvencijada, y se alienaron perfectamente frente a ella.

Cuando la última de ellas ocupó su lugar en la formación un bufido escapó al unísono de las juntas de sus cuerpos, y un fuego rojo pareció iluminar su interior, al tiempo que se alzaban y se erguían para avanzar.

Lo de después es historia, la masacre fue sólo igualada por la cruel represión posterior, y la precisión milimétrica de las habilidades de combate de los constructos de élite de Constructia se ganó una reputación en todas la ciudades a las que huyeron los pocos esclavos que lograron escapar de la represión.

Y así Constructia entró a jugar en la liga de las ciudades de Black Hammer.

diciembre 27, 2009 Posted by | Ciudades, Relatos | 2 comentarios

Círculo de Fuego

“Queda poco para que el hechizo de vuelo agote su poder y me vea obligado a bajar de nuevo a la ciudad.

 

Vista desde aquí, nuestras vidas parecen tan insignificantes, tan minúsculas, que subir aquí es lo único que me ayuda alo largo de las décadas a mantener la perspectiva y la cordura.

 

Abajo, en mis laboratorios y los del colegio, me cuesta comprender porqué hago lo que hago, inmerso siempre en la búsqueda de más poder y de más conocimientos arcanos. Ahí abajo, entre protecciones mágicas, servidores demoníacos, estudiantes ambiciosos y maestros temerosos uno puede llegar a perder de vista el propósito por el que nos reunimos aquí, en Círculo de Fuego, hace ya mil años.

 

Recuerdo como si fuese hoy el día del consejo en que nuestros videntes y magos cronománticos nos advirtieron del peligro.

 

Una gran sombra roja y negra nubla el horizonte del futuro, y nada que no este preparado sobrevivirá a ella. Muchos fueron los escépticos, pero si algo caracteriza a los magos y hechiceros de cualquier lugar es su precaución que raya en el miedo.

 

Así que lo hicimos, reunimos las familias, gremios y escuelas mágicas, y escogimos la más grande de las ciudades del mundo antiguo, cuyo nombre hemos olvidado voluntariamente, y la tomamos para nosotros.

 

Quienes nos fueron útiles pudieron quedarse, como aprendices, sirvientes, o trabajadores. Los que no, o bien fueron obligados a marcharse, o erradicados de forma expeditiva.

 

Teníamos tan poco tiempo.

 

Levantamos las mayores protecciones que supimos, un Mithal que cubriese toda la extensión de la ciudad, un muro de fuego y lava que la rodease, y las criaturas mágicas más poderosas para guardar la única entrada que dejamos a través del anillo de fuego.

 

Cerramos la ciudad, y esperamos mientras nos organizábamos.

 

Pronto vino el Martillo Negro. Nuestra magia se volvió inútil e inoperante para observar lo que acontecía en el exterior.

 

Incluso los más poderosos artefactos de visión no revelaban más que una bruma jroja y negra que se iba extendiendo por el mundo, y una sensación de terror que se propagó por la ciudad y nos dejó completamente aislados.

 

Nuestros intentos por observar lo que acontece en el mundo fueron fútiles, y casi ningún sirviente enviado fuera sobrevivió o, por lo menos, ninguno volvió para contarlo.

 

Enviamos después criaturas mágicas y familiares, y algunos de sus amos enfermaron por el vínculo que les unía. Tampoco ninguno regresó.

 

Al fin, con el paso de los siglos, un poderoso sirviente mágico regresó del exterior. Tras la cuarentena, pudimos hablar con él, pero misteriosamente no recuerda nada de lo que le aconteció en su periplo de varias semanas por el Exterior.

 

Varias veces hemos vuelto a enviar criaturas mágicas poderosas hacia la Plaga con la esperanza de aprender algo más de ella. Algunas veces vuelven, otras no, sin ninguna pauta lógica. Pero siempre, sin excepción, vuelven sin recuerdos del exterior, y, en algunos casos, con los cuerpos marcaos con horribles heridas, y las mentes destruidas hasta el punto de que ni nuestros conjuros pueden traspasar la barrera de locura o las nieblas rojas que inundan sus recuerdos.

 

Con el tiempo aprendimos más sobre nuestra situación como prisioneros. Nuestros conjuros de invocación podían seguir atrayendo servidores de otros planos y mundos, pero no podíamos devolverlos al exterior. Nadie podía tampoco abandonar Black Hammer por medios mágicos o físicos. Ni siquiera para ir al Plano Etéreo o al Astral.

 

Somos prisioneros poderosos, pero prisioneros al fin y al cabo.

 

Miro hacia abajo, y veo nuestras mezquinas luchas intestinas, repletas de avaricia, ambición y ceguera, y me recuerdo el motivo por el que nos reunimos hace casi mil años.

 

Recuerdo las profecías ha hablan e la destrucción de Círculo de fuego en el primer milenio de su fundación, recuerdo los rostros apenados de mis hermanos de escuela, cuando yo era sólo una aprendiz, y nos encaminábamos a este lugar en nuestras carretas y carromatos.

 

Mirando a nuestro alrededor, sintiendo, sin saber como, que era la última vez que veíamos lo que habíamos creído nuestro mundo.

 

Desciendo un poco, dejando la cúspide del Mithal protector tras de mí, arriba. De quererlo, podría sobrepasarlo, y saldría al Exterior. Nada me lo impide. Me vería arrojado a un destino que tantas veces hemos escuchado aterrados, y del que incluso ahora apenas conocemos nada, excepto unos pocos síntomas.

 

Algunos dicen que a Plaga empezó en esta región, y que desde aquí s extendió por todos los lugares del mundo antiguo. Muchos nos preguntamos si la misma Plaga no será un experimento de alguna de las casas que se descontroló. Algunas de ellas no quisieron venir a esta ciudad, y sus nombres son pronunciados con temor y reverencia en los pasillos oscuros de las torres. Los Thamatinos, que estaban experimentando con cosas de más allá del espacio y el tiempo, con los mundos externos, poblados por criaturas de caos, muerte locura. O los Serendeser, que decían haber descubierto un plano mucho más allá de los planos exteriores, debajo de los Infiernos y el Abismo, y más extenso que todos los planos exteriores juntos.

 

Cualquiera de ellos pudo iniciar esto, o tal vez fue alguna de las casas o escuelas que hoy sobreviven todavía, y que guardan un secreto callados y rogando a la diosa Magia que no sean descubiertos.

 

Aclaro mis pensamientos, y bajo a través de la bruma, y me adentro en ella dejando que su frescor revitalice mi rostro y mis músculos cansados.

 

Y la Ciudad se abre ante mí.

 

A plena luz del día, Círculo de Fuego es la idead más majestuosa que existe. Era inmensa cuando llegamos, y desde entonces, dado nuestra creciente necesidad de espacio, se ha vuelto mucho más grande, hacia el cielo y en las profundidades de la tierra. Las torres se levan a kilómetros de altura en muchos casos, y sus catacumbas  dungeons hieren la tierra en una infinidad de cortes que penetran en su interior.

 

Fuimos previsores al planificar la ciudad, elevamos el mithal muchos kilómetros hacia arriba y hacia abajo. Todo lo que nuestro poder y confianza nos permitieron, sabiendo que necesitaríamos espacio para cada escuela, cada mago y cada gremio. Los hechiceros somos muy reservados y paranoicos. Es el precio de saber lo que el poder auténtico puede hacer.

 

Con el tiempo, los edificios fueron elevándose, con rocas extraídas de las excavaciones y de las minas, o con materiales arrancados a de los planos interiores a los daos y a los efreets.

 

Miro hacia el horizonte y sólo veo kilómetros y kilómetros de torres, edificios, columnatas y templos, que se pierden más allá de mi vista y que se elevan sobre más edificios y torres envueltos en nubes y niebla en las cúpulas superiores. Barrancos enormes que una vez fueron calles son cruzados por puentes, escaleras y pasarelas, sus muros laterales cuajados de balcones, ventanas y salientes que albergan más templos, torreones y contrafuertes.

 

Las torres repletas de agujas, minaretes, cristaleras y gárgolas de piedra parecen querer herir las nubes desafiándolas con su altura, y sobre los atrios y patios que se encuentran dispersos aquí y allá, cientos de personas solitarias parecen acudir precipitadamente a un encargo o una cita, traspasando umbrales y puertas que yo nunca pisaré. Cada uno con sus propósitos ocultos, o sus órdenes particulares.

 

Sigo volando lo más rápido que puedo, mientras paso calle tras calle, castillo tras castillo, torre ras torre, admirándome de la diversidad y magnificencia de su arquitectura. Sólida y al tiempo ligera.

 

Una sombra se proyecta sobre mí, y un dragón me sobrevuela. Los dragones de Círculo de fuego son algunas de las criaturas más admiradas y queridas de la ciudad, y de las más deseadas. Sólo quedan media docena, y ni siquiera ellos parecen poder sobrevivir a la Plaga.

 

Antes de la llegada del Martillo Negro, los dragones se marcharon. Todos ellos. No sabemos donde, pero nos tememos que sabedores del destino que iba a correr el mundo antiguo se marcharon. Nos abandonaron.

 

Ahora sólo queda un puñado en el mundo, y la mayoría están aquí, como aliados de alguna de las escuelas, o sirvientes de los magos más poderosos. Aquellos que ya eran antiguos cuando vinimos aquí.

 

El dragón se eleva hacia el cielo y se encamina hacia una de las fortalezas volantes. Su negra mole flota sobre los vientos y la niebla, repleta de casas y torres y murallas en su parte superior, y plagada de túneles defensivos y balcones para los observadores en la roca inferior.

 

Al mirar al cielo, veo otras como ella. Con la magia que las sostiene crepitando, algunas abandonadas por sus dueños, que se aislaron en su locura, con vegetación salvaje creciendo como si fuesen una selva abandonada, derramándose por sus paredes, otras, enseñando orgullosas sus propias torres, elevándose sobre los palacios y castillos que descansan en el suelo, o enfrentándose solitarias ante los hogares de las casas más poderosas de Círculo de Fuego, cuyos castillos y escuelas se elevan a lo lejos grandes como montañas y repletos de sus propios edificios de arquitecturas únicas apenas visibles por la distancia y la niebla.

 

Nunca he llegado hasta allí, sé qué clase de muerte me esperaría si osase invadir el hogar de las Casas Mayores, o me interpusiese en el equilibrio de poder que cada una intenta destruir en su propio beneficio. Con sus torres repletas de criaturas invocadas, demonios, planetares, devas, diablos… Y con sus mazmorras y laboratorios subterráneos experimentando con cosas mucho peores.

 

Más allá de estas moles milenarias, traídas con magia de otros lugares y planos, o erguidas de la nada por poderes inalcanzables, la ciudad se extiende más y más lejos, hasta llegar a los castillo defensivos. Protegidos por magos de guerra, y que observan atentamente el lejano muro de fuego, y los ampos de cultivo que se extienden a sus pies, a ambos lados de la única entrada a la ciudad. Campos atendidos por sirvientes y bestias.

 

Más allá, las tierras de fuego, un foso de lava eterna que rodea la ciudad, y que al final, se eleva hacia el cielo formando el muro que dio nombre a mi hogar.

 

Continúo mi camino y paso frente a una balconada cubierta por arcos y bóvedas y veo en su interior un jardín de flores, árboles frondosos y plantas, y me pregunto qué clase de hierbas se criarán en él, y qué clase de pactos se habrán realizado bajo el frescor de sus árboles y fuentes y en sus bancos de piedra. Desciendo por una calle, y mientras paso bajo a un puente miro hacia el suelo. Apenas puedo ver nada, mientras la neblina lo oculta a mis ojos, pero sé que está muy abajo. Y que bajo él, Círculo de Fuego se extiende más lejos todavía.

 

Dejo atrás los edificios que acabo de observar, y entro en una zona de torres más bajas, pero aún así inconmensurablemente altas para quien no esté acostumbrado a ellas. En el centro de ellas, elevándose orgulloso rodeada de vasallos está mi hogar mi hogar.

 

La Aguja Ilepsis, la aguja de mármol blanco y cristal, sede de mi casa, una casa menor, pero de poder creciente. Que tal vez no pueda igualar en altura y poder a otras casas y escuelas mayores, pero que lo hará algún día.

 

Y aquí, antes de posarme en el balcón de mármol donde me esperan mis sirvientes, recuerdo porqué fundamos Círculo de Fuego hace ya tanto tiempo. Tanto, que hasta los mas viejos parecen haberlo olvidado.

 

La creamos para que ni siquiera la Plaga pudiese acabar con la Magia.

 

 

mayo 4, 2008 Posted by | Black Hammer, Ciudades, Relatos | 2 comentarios

Taniendra (ciudades de Black Hammer)

Comenzamos una pequeña serie de relatos de presentación de las futuras ciudades de Black Hammer.

Taniendra

Serrent de Suh-Sulken agitó las correas de los animales de tiro. No convenía dejar que se durmiesen ni que se descuidasen, pues el camino era todavía largo, y ni la presencia del dragomada en el carruaje delantero serviría de nada si sus animales perdían pié  caían por el barranco.

 

El olor de las bestias de tiro le llegó a las fosas nasales con un nuevo golpe de viento. A esas alturas, mirar hacia abajo para contemplar el paisaje era inútil, incluso con la luz vespertina.

 

A lo lejos, lo único que podía observarse era la cima de una montaña solitaria que sobresalía sobre el resto de las nubes, eterna.

 

La caravana seguía su camino, y Serrent, el guía del décimo carro, la pudo contemplar al doblar una curva en el camino. Por delante de él, descendiendo de la montaña, se encontraban los diez carromatos de pasajeros que iban a llevar a su destino. Por detrás, otros veinte carruajes y carretas de extrañas y variadas formas se mezclaban con carruajes de colosal tamaño que apenas cabían por la ladera.

 

Desde luego, si el dragomada o los demás maestros del Gremio no hubiesen hecho este viaje en similares circunstancias miles de veces antes no lo estarían haciendo ahora, pero la altura no le permitía tranquilizarse.

 

Al frente de la caravana, Elchen, su guía y protector, parecía observarlo todo con sus ojos completamente azules. Como miembro del gremio, Serrent conocía algunos de los secretos de esta raza, los dragómadas, pero sólo los referidos a las necesidades del viaje.

 

Sabía de su infalible sistema de orientación, de sus poderes protectores, de lo que había acechando bajo la capa de nubes, y lo que les ocurriría sin su presencia.

 

Sabía cosas de la Plaga, y de otros horrores que no tenían nada que ver con ella, pero que eran incluso más peligrosos todavía. Pues había visto cosas increíbles en sus diez años de servicio en el Gremio. Su posición, y que todavía conservase su lengua eran síntomas de que había hecho su trabajo de forma diligente y discreta.

 

Mientras el carromato terminaba de girar pesadamente la curva de la montaña, Serrent volvió sus pensamientos a lo que le dijo su mejor amigo en el Gremio, Ilis de Seesa, sobre su destino.

 

– “No verás nunca nada parecido a Taniendra, Serrent, disfruta y observa todo lo que puedas”.

 

Esas palabras le extrañaron mucho, pues los miembros del gremio estaban habituados a los viajes más increíbles por todo Black Hammer, recorriendo ciudades únicas, cada una de las cuales es una joya, una maravilla en si misma.

 

No creía que Taniendra fuese mucho más majestuosa que otros lugares que había visitado en esos diez años. No creía que fuesen más increíbles que los géiseres subterráneos de los Salones  de Mithrail, o que el aura protectora que abarcaba toda su ciudad natal, a la que nunca volvería, Suh-Sulken.

 

Sus pensamientos se volvieron tristes al recordar su origen y lo que había dejado atrás. La vida de aventuras le había incitado a  presentarse a las pruebas del Gremio, y había sido aceptado.

 

Eso significaba que no volvería a ver su ciudad, ni a su familia ni amigos, pues tal era la regla de oro para los foráneos del Gremio.

 

Pero no se arrepentía, al recordar las damas de oro de Isirianor, las verdes islas de mansas aguas de Las Cascadas de la Lluvia de Estrellas, desde la que se podía ver la ciudad trepando por la ladera de la montaña, mientras el agua se vertía sobre sus fuentes y jardines, creando una sensación de libertad y al tiempo de majestuosidad como pocas.

 

O la ciudad de Orcasis, situada sobre el mismo océano, con sus miradores submarinos y sus cristales de agua, o sus ecosistemas únicos sostenidos por la magia, repletos en su interior de criaturas increíbles.

 

O la ciudad de los Magos, Círculo de Fuego, donde las torres se alzan eternas, desde mucho antes de la Plaga, repletas de luces de habitáculos y celdas de los magos novicios, que sirven a sus amos de majestuoso poder en las tareas más extrañas.

 

No, Taniendra no podía ser mucho más majestuosa que todo esto.

 

El sol llegó a lo alto, y Serrent se despidió de él. El descenso comenzaba y los próximos días empezaría la parte más difícil. Primero las nubes, que cegaría a las bestias de tiro y dependerían de las ordenes de su líder dragomada para impedirlas caer.

 

Después, las tinieblas. Desde una ciudad cualquiera, protegidas tras sus murallas o hechizos, la Oscuridad de Martillo Negro no era visible. Desde lo alto de la muralla, en los límites de la ciudad, el exterior se veía normal, con sus ciclos de sol, luna, lluvias, vientos.  Pero desde fuera…

 

Serrent recordó la primera vez que salió, después de su entrenamiento en la ciudad Origen del Gremio. Nadie sabe porqué es así, si es magia, o un castigo de los dioses, pero la plaga lo cambió todo.

 

Las puertas de la ciudad se abrieron de par en par, y los carruajes comenzaron su camino, Serrent iba en el del centro, acompañado en su primer viaje por un veterano que sonería cuando le miraba. Él sabía lo que les esperaba fuera.

 

El sol era radiante, majestuoso, e iluminaba los edificios de su ciudad y las estatuas de las plazas. Fuera, una suave brilla penetraba por la puerta, refrescándole.

 

Serrent estaba impaciente, era la primera vez que salía al Exterior en su vida, lo cual, por otro lado, no dejaba de mantenerle en un estado intranquilo e inquieto.

 

De improviso, cuando traspasó el umbral de la puerta, el paisaje cambió. Parecía otro mundo. La tierra, vista desde el interior, parecía verde y espiada por la hierba, pero en su lugar un páramo negruzco y calcinado les esperaba. El cielo, antes despejado, parecía cubierto de una capa de nubes negras inamovible y amenazante, y un viento lateral solaba fuerte y frío como si procediese de alguno de los infiernos de la religión que le enseñaron de niño.

 

No se veía ni un animal, ni un pájaro, ni un insecto. Solo el viento levantando polvo y cenizas, y las nubes negras y rojas a través de las que el sol no se podía ver.

 

Con el tiempo, Serrent aprendió que la única luz que podía traspasar las nubes era la luz de la luna, pero que esta, lejos de lucir con el color dorado con que lo hacía en las ciudades, aparecía en el Exterior como un círculo rojo sangre atravesado de nubes negras que presagiaba aterradoras profecías.

 

Su compañero, le posó una mano en el hombro, dándole ánimos, mientras le decía: “veras cosas mucho peores que el paisaje, hijo, pero recuerda que mientras nos guíe un dragomada nunca nos sucederá nada. Por lo menos físicamente, otra osa es en el alma. Tu alma sufrirá por cómo quedó el mundo, y por los horrores que perduran, hijo. Pero si estás aquí, es porque puedes soportar más de lo que haría un hombre normal.

 

De improviso, un resoplido de las bestias le devolvió a la realidad, y el canto del dragomada comenzó a guiarles y protegerles. El sol resplandeció una última vez, y se hizo la oscuridad.

 

Pasaron los días y se sucedieron los horrores, la oscuridad dominaba sus vidas, y el tiempo parecía eterno. Un viaje de un día podía convertirse en una eternidad en ese páramo desolado y devastado en el que se había convertido el mundo. Solo el cántico del dragomada rompía las tinieblas.

 

A su lado, la belleza de las ciudades de Black Hammer parecía pequeña, pero Serrent, como el resto de miembros del gremio, aprendió pronto a valorar estas islas de belleza como si fuesen las joyas más preciadas.

 

Había visto mucho en esos diez años, y mucho le quedaba por ver si tenía suerte, aunque dudaba de que le quedasen muchas maravillas nuevas por contemplar.

 

Un susurro del dragomada atrajo su atención, habían llegado a su destino, y la ciudad Taniendra, le sacó de su error.

 

A lo lejos, una colosal forma se fue acercando a medida que las bestias daban un paso tras otro.

 

Lo que parecía ser una montaña sobre las nubes, era en realidad la parte alta de la ciudad.

 

Sus muros escarpados se elevaban hacia el cielo, como el pilar de una montaña, y su forma de árbol de piedra le dejó sin habla. Un enorme pilar de roca, cuya base debía medir más de un kilómetro y medio, se levantaba en medio de la llanura. Su altura debía ser de unos diez kilómetros y en su parte superior se asentaba la copa, que añadía otros cuatro kilómetros de altura y que tenía un diámetro de más de seis kilómetros.

 

Toda su superficie tallada en roca blanca, esculpida pero no pulida, rugosa. Como si se tratase de un árbol de piedra que hubiese crecido naturalmente allí, o hubiese sido alzado por una poderosa magia.

 

Delante de él, Leret de Orcasis, se volvió jactancioso: “- ¿Impresionado Serrent? Pues deberías de ver lo que hay abajo – dijo señalando el suelo bajo sus pies.

 

mayo 4, 2008 Posted by | Black Hammer, Ciudades, Relatos | 2 comentarios

El Día del Silencio (Relatos de Seesa)

Feibra estaba encantada. Era el primer año en que podía asistir a los festejos del Día del Silencio. Los anteriores, como todos los menores de 16 años, no había podido asistir y había tenido que irse a dormir como todos los niños de Seesa.

Desde niña siempre se había sentido intrigada por esta costumbre. La Fiesta más importante del año y todos los niños eran encerrados en su habitación, sin poder salir, y oyendo a sus mayores, padres  y tíos que se reunían hasta las doce de la noche, bebiendo y riendo. Y luego, a las doce, el silencio. Y los niños, aburridos, terminaban por cansarse y se dormían.

Los rumores en la escuela del Egrario eran de todo tipo. Desde que la fiesta era una celebración de las cuatro Casas en las que por una noche rompían sus diferentas e intercambiaban regalos, y luego algo más, a que el encierro de los niños era porque en la fiesta se consumían plantas especiales de los invernaderos que a sus frágiles cuerpos les hacían cosas extrañas.

Arzus, su pareja de experimentos botánicos en la escuela, decía que los niños que habían escapado y probado esas plantas se habían convertido en los Niños de la Sangre del Cementerio de los Patriarcas.

Si alguien le decía que los Niños de la Sangre eran sólo una leyenda para asustarles y que se fuesen a la cama él se reía en su cara y le contestaba que siguiese siendo un niño toda su vida.

Lo curioso de la fiesta era que cuando un niño cumplía la mayoría de edad, en Seesa se alcanzaba a los 14 años debido a las necesidades de las casas, tampoco se le permitía ir a los festejos del Silencio, y tenían que esperar hasta los 16 para asistir.

Para Feibra había merecido la pena.

Su familia no era muy rica, pero tampoco estaba entre las más pobres de Seesa.

La pequeña mansión familiar se había adornado con enormes lámparas de araña de color oscuro, que desprendían sin embargo una luz iridiscente que llenaba todo el salón principal.

Sus tíos, primos, y amigos íntimos de la familia habían ido entrando por las viejas puertas de madera, y su padre había sacado el libro de familia, el mayor tesoro familiar, para escribir en sus carísimas hojas de papel el nombre de todos los recién nacidos en la familia ese años.

Feibra también había tenido su pequeña dosis de protagonismo, cuando bajó al salón desde las habitaciones de arriba, y todo el mundo la aplaudió y la felicitó por ser su primer Festejo del Silencio.

Algunos de sus primos más jóvenes la besaron y le dijeron que ese iba a ser su verdadera entrada en la mayoría de edad. El fin de su niñez.

Feibra no entendía lo que querían decir, pero disfrutó enormemente de la fiesta.

Alimentos extraordinarios, como los dulces de la planta Leipidoria, que florecía con tres flores distintas en tres noches consecutivas, y cada flor tenía un sabor dulce distintos.

Era muy cara, y codiciada para hacer pasteles. Feibra no la había probado nunca.

También le encantó la caja de música que su madre sacó del desván. Feibra siempre oyó, escalera abajo y tras la puerta cerrada de su habitación, la música que sonaba en todas las fiestas de la casa, pero nunca supo de donde venía.

Al parecer, su madre la había comprado a un buhonero de la ciudad de Terdamis, famosa por sus artistas y por sus instrumentos musicales.

Pero nada en la fiesta le permitía comprender porque sus primos y sus hermanos pequeños estaban encerrados en sus cuartos sin poder disfrutar de tanta maravilla.

Cuando le preguntó a su padre, éste miró el viejo reloj de arena, heredado del abuelo Devren, y le dijo: “En seguida lo sabrás, hija mía”, y acto seguido la abrazó como si quisiese protegerla de algo.

Sólo la soltó cuando alguien llamó a la puerta, y todos en la sala callaron.

Su madre corrió a apagar la música, y su padre abrió el portón. Fuera, la noche era oscura, las luces de la ciudad lucían a medio gas, y un hombre extraño vestido de negro le hizo entrega de una flor negra a su padre.

– Es la flor del silencio, – le dijo su primo Bilpop, que había sido el último en cumplir los 16 el año anterior. – Se creía en ese invernadero oscuro que nunca está iluminado.

El hombre de negro con extraños ropajes se marchó hasta la siguiente casa, y su padre les miró a todos, con una gran tristeza reflejada en el rostro.

Acto seguido, olió la flor, y se la dio a su madre antes de salir de la casa a la oscura calle.

Su madre hizo lo mismo, la pasó, y también salió.

Uno a uno, sus familiares y amigos de la familia cumplieron con el ritual y salieron  la calle en silencio.

Cuando le llegó el turno, Feibra sabía lo que debía hacer.

Olió la rosa, se la dio a su primo y se dispuso a salir a la calle. Pero un repentino sentimiento la detuvo.

Su cuerpo se estremeció al sentir una tristeza arrolladora que poseyó cada fibra de su ser. De un plumazo, toda la alegría y el jolgorio de la fiesta desaparecieron, y sólo quedó el vértigo de la pena y un sentimiento de vacío que nada parecía poder llenar.

Su primo la asió del brazo, y la guió a fuera donde los demás familiares se habían apostado en silencio sobre los adoquines de piedra.

No se esperaba lo que vio.

Sus familiares, apiñados en la calle, aguardaban en un silencio tan profundo que parecía un ser vivo que estaba presente en toda la ciudad. A lo lejos, ningún sonido recorría las calles, ninguna algarabía venía de los puestos del mercado nocturno, o d las tabernas. Incluso el río parecía haber acallado su rumor. Un manto negro de silencio cubría Seesa, uniéndose a la pena de la flore negra y haciendo que el corazón de Feibra se estremeciese y pareciese querer hundirse y perderse en la oscuridad.

Nunca había sentido nada tan hondo, y tan triste.

La calle estaba llena de flores negras, tiradas en el suelo, gastada una vez su carga de tristeza.

Todos sus vecinos habían salido también a la calle, y miraban calle abajo, donde la mortecina luz de las apagadas farolas iluminaba un conjuntote  figuras que ascendían por ella.

Una enorme procesión de personas, vestidas como la que había llamado a su puerta, iban detrás de un anciano. Feibra lo reconoció enseguida. Era el Maestro Tenebros.

Llevaba en sus manos el Libro del Viaje, y a su lado, un pequeño hombre le acompañaba recitando de memoria lo que debía ser una oración a Adrient.

“La pena y la oscuridad cayeron sobre el mundo, y sólo Adrient supo verlo. Y guiarnos por las sombras, y a través del miedo, hasta nuestro hogar.

Hoy recordamos el fin de la alegría, y la llegada del eterno pesar, que toma la forma de un bello encierro, una jaula dorada rodeada de sombras. Pero por pesada que sea la carga de la soledad, y el silencio, siempre será peor el terror que nos espera en el Exterior.

Ese Terror tiene un nombre, uno que nunca pronunciamos, pero que hoy todos debemos recordar.”

El hombre calló, esperando, y al rato, una voz entre la multitud silenciosa pronunció un nombre: Plaga.

El hombre pequeño, que debía ser un sacerdote de Adrient, asintió ante la mirada impávida de Tenebros.

Uno a uno, sus familiares se fueron sumando al coro de voces que, con temor y tristeza repetían el nombre más temido de Seesa, Plaga.

Feibra comprendió que la Fiesta del Silencio no era un festejo de alegría, sino de la pérdida de ésta. De un tiempo en el que el mundo murió, y sólo unos pocos escaparon. Lejos de convertirse en una celebración por haber huido de su destino, El Festejo del Silencio era un recordatorio de que todos eran prisioneros de la Plaga, prisioneros de algo que no entendían, y que quizás algún día les alcanzase.

El festejo del silencio era el recordatorio de que su vida era una continua huída hacia delante, y del deber de todos por mantener Seesa a salvo. De ahí la presencia del Maestro Tenebros.

La procesión pasó, camino de otras calles y otras fiestas con las que terminar.

Colina abajo, Feibra pudo ver un destello de luz brillante. Y después otro. Un breve haz de luz, como un resplandor que iluminó durante un segundo la oscuridad. Pero pronto cesó, y ella se preguntó si los demás lo habían visto. Parecía venir d las fuentes de Calysandra.

Se preguntó si esa era la señal del fin de los “festejos” y si debía entrar en la casa, pero nadie se movió. Y la tristeza volvió a ella, olvidadas las luces fugaces.

Su padre le puso una mano en el hombro, intentando reconfortarla, pero ambos sabían que no había descanso para ese sentimiento que en esa noche poseía la ciudad al completo.

Todos permanecerían en la calle, hasta que llegase el amanecer. Silenciosos y recordando las palabras del sacerdote, la mirada de Tenebros y el perfume negro de la flor negra.

Pero sobre todo, esa noche, todos recordarían la soledad.

febrero 17, 2008 Posted by | Ciudades, Relatos | 1 comentario