Black Hammer

La Plaga

Relato

Un cometa surcó el cielo del atardecer, – tiempo de cambios, de caída de reinos – pensó Jerjem.

La lucha había durado días, y en lo alto del muro Jerjem se había preguntado si la maldad y el hambre de los trolls no se terminaría nunca.

Su amigo el dragómada Xi´xiret había partido a la casa del gremio para intentar, junto a sus hermanos, encontrar una solución que permitiese salvar Seesa.

Mientras, la Guardia y el resto de los dióscuros habían defendido las murallas y las puertas de la ciudad con todo lo que tenían.

A pesar de que sólo habían aparecido grupos aislados de criaturas la situación había llegado a ser desesperada en algunos momentos. Esas bestias trepaban los muros de Seesa como si fuesen un alegre camino empedrado, y sus gritos infundían un miedo en los defensores que les paralizaba.

Cuando uno caía, su sangre altamente corrosiva, hacía mella en las armas y armaduras, desarmando a muchos hombres para la siguiente embestida.

Porque siempre se levantaban de nuevo. No importaba con lo que les dieses, si les cortabas las piernas, los brazos o incluso la cabeza. Esas criaturas se volvían a levantar e intentar devorarlos de nuevo. Y los miembros cortados…Jerjem había visto un brazo cercenado terminar con la vida de un soldado estrangulándolo, para luego comenzar a despedazarlo e intentar volver con el esto del cuerpo llevando un pedazo de carne sanguinolenta entre las garras.

El cuerno de la Torre del Vigía volvió a sonar, inundando la ciudad, y el dióscuro miró hacia el oeste. El sol se estaba poniendo de nuevo.

Hasta ahora los trolls habían atacado casi siempre de noche, pero alguna vez habían intentado sorprenderles durante el día. Desde luego, las bestias eran estúpidas, pero su líder sabía lo que se hacía, y podía coordinar ese rebaño de criaturas caóticas como un general que dirigía un ejército perfectamente entrenado. Jerjem no sabía si lo hacía a base de miedo o con algún tipo de habilidad especial, pero el caso era que actuaban coordinados y al unísono.

Su número era mucho mayor en esta ocasión, parecía que todos los trolls del mundo habían acudido a la llamada de la matanza, ¿es que esas bestias se habían dedicado a criar como ratas? Había cientos.

Uno de los albinos de la prisión, que habían sido apostados en los muros para aumentar el tiempo de reacción señaló hacia el oeste. Su visión en una noche oscura como ésta era increíble, y les daba más tiempo para anticipar de donde vendría la parte más fuerte del ataque y podían prepararse. Cada segundo contaba.

Al principio, Jerjem pensaba que señalaba otro grupo de trolls que se acercaba en esa dirección, pero a pesar de la distancia pudo observar que esta vez era algo distinto. Dos moles inmensas se acercaban bamboleándose, sus siluetas recortándose contra el horizonte dorado del anochecer.

– Troll gigantes, – sonó una voz a su espalda.

– Nunca te acerques a mí por la espalda. Si no hubiese reconocido tu voz, Arexis, estarías muerto –  le dijo al enviado del Gremio que había sustituido a los dragómadas como consejeros ante el retiro voluntario de éstos.

– Debes conocer a mucha gente estos día, o haber matado a muchos, porque nadie anuncia su llegada si tiene a esas cosas respirándoles en el cuello, metafóricamente hablando, claro.

Jerjem sonrió, el miembro del Gremio era capaz de tomarse a broma incluso a los trolls, y a pesar de la presión.

– Son bestias legendarias, nunca vimos ninguna de ellas en ninguno de nuestros viajes, aunque hemos encontrado huellas de sus correrías, y los efectos de sus matanzas. Ahí fuera hay cosas terribles, Jerjem, pero incluso algunas de ellas temen a los trolls.

– ¿Cuándo nos diréis lo que ha pasado ahí fuera en estos mil años, Arexis?

– Nunca, Jerjem. Lo juramos en los votos que hacemos. Al principio no lo comprendemos, creemos que es una medida para mantener el dominio comercial, pero cuando contemplas la Plaga. Aún sabiendo que estamos protegidos por los dragómadas algunos no lo resisten, y enloquecen. Si lo supieseis vosotros…es por vuestro bien.

– Bien, podré vivir con la duda – le cortó Jerjem – si esas bestias no nos devoran vivos antes.

Los trolls gigantes ya se habían acercado lo suficiente como para poder verlos con total nitidez a la luz de las antorchas y grandes fuegos que habían sido colocados en la muralla de la ciudad.

Cuando se había hecho evidente la inmensidad del peligro los Patriarcas y el Consejo habían ordenado llevar a los civiles más indefensos al interior de la Ciudad. Se había aprovechado el segundo muro interior, y se había reforzado para una resistencia desesperada para el caso de que los defensores no pudiesen contenerlos. Algunos sacerdotes habían montado un hospital improvisado, y los Maestros Arbóreos les habían proporcionado raíces venenosas indoloras, para verer en el agua por si rompían sus defensas.

Nadie quería que sus seres queridos, mujeres y niños cayesen vivos en manos de los trolls.

También se habían reclutado a todos los hombres y mujeres capaces y útiles para a defensa, y se habían apostado en lo muros y tras las puertas. Y aún así apenas resistían, mientras que las bestias redoblaban sus esfuerzos cada noche.

Ahora esto, los trolls gigantes medían casi veinte metros de alto, su piel parecía dura como la roca, y parecían capaces de trepar la muralla en menos de tres zarpazos. Jerjem no quería ni imaginarse lo que una sola de esas criaturas haría si superase la muralla, así que ordenó concentrar el fuego de los arqueros y las catapultas contra ellos.

– Dejad los pequeños para los hombres de las murallas, – gritó sobre el murmullo del gentío y el fragor de las espadas golpeando escudos en señal de ánimo – bajad a esos bastardos gigantes.

La respuesta a su orden no se hizo esperar. Docenas de catapultas comenzaron a disparar y las bolas de fuego impactaron en los gigantes y n el suelo de los alrededores. Centenares de flechas silvaron siguiéndolas, marcando un arco de fuego en el cielo nocturno – nos estamos quedando sin flechas, – se dijo, – deberíamos poner a las mujeres a hacer más con las vigas de las casas y los muebles más viejos – tomó nota mental.

Uno de los trolls gigantes se tambaleó bajo el impacto, y su piel comenzó a arder. Rápidamente, se revolcó en el suelo que estaba húmedo de las tormentas de la tarde anterior y consiguió apagarlo no sin que le quedasen numerosas y horribles heridas.

El gigantesco ser se levantó, y agarró algo del suelo que había dejado caer, y que hasta el momento había pasado desapercibido para Jerjem. Un enorme tronco que arrastraba y que debía medir más de dos docenas de metros. El otro troll llevaba uno exactamente igual.

Acto seguido, colocaron los troncos apoyados en el muro, y una jauría de bestias comenzaron a trepar por ellos profiriendo horribles siseos y alaridos.

Los gigantes se encaramaron al muro, dispuestos a sumarse a la masacre pero un relámpago hendió el cielo e impacto en uno de los troncos, partiéndolo por la mitad y aplastando a numerosas bestias.

Los hombres a su lado murmuraron de aprobación, para después seguir con la vista una figura que se alzaba sobre ellos, y, sin traspasar la protección de la muralla, comenzaba a entonar una letanía que Jerjem conocía bien.

Ilex había llegado.

El mago de Lazarus se sumaba a la batalla por a ciudad, y lo hacía ed forma espectacular. A una señal suya una enorme bola de fuego salió de sus manos e impactó a uno de los troll gigantes en la cabeza. La criatura profirió un alarido de dolor y cayó hacia abajo. El suelo y la muralla temblaron con el impacto. En pocos segundos su cuerpo entero era consumido por el fuego.

Los Arconh habían traído más maderasabia, el líquido inflamable que tardaba horas en apagarse, y los calderos de la muralla ardían otra vez. La noche anterior habían agotado todas sus provisiones, y los Arcohn y maestros arbóreos estaban trabajando para exprimir más a los árboles que la daban.

El otro troll gigante saltó del muro, y salió corriendo en retirada mientras Ilex lanzaba una bola de fuego tras otra, que dejaban un surco de humo negro y rojo en su camino antes de impactar en los grupos más numerosos de trolls y carbonizarlos a todos.

Aún así, no fue hasta que la madera sabia comentó a caer por los canales de roca especialmente diseñados para ello, y rociar las hordas de bestias que se agolpaban a las puertas, o que trepaban por las murallas, que los trolls se batieron en retirada como la noche anterior.

Cada vez les costaba más, y estaban más cerca de saltar las murallas.

– Seguid disparando – bramó la voz de Arexis a unos metros de él – debemos meter en el cuerpo de esas bestias todo el miedo del que seamos capaces, o seguirán viniendo. Y no podemos esperar ayuda mientras uno solo de esos animales siga con vida.

– Bien, – dijo Jerjem dejándose caer sobre la espada. – Por hoy nos hemos ganado un día más.

Día 8

Las cosas se estaban poniendo muy negras para los defensores. Esta vez habían acudido en un número mayor, y el número de trolls gigantes había crecido, eran ya cinco. Ilex había acudido en su ayuda, como en las dos noches anteriores, en cuanto las bestias habían aparecido, pero el líder de la horda debía haber concebido un pan distinto esta vez. Habían colocado los troncos cerca de la puerta, de tal forma que uando Ilex y los defensores los rociaron con fuego y maderasabia, los trolls gigantes los empujaron contra la puerta norte e intentaron prenderle fuego

La Guardia había logrado sofocar el fuego, pero habían perdido mucho tiempo y las puertas estaban dañadas, y los trolls lograron encaramarse a los muros y llegar a las almenas. Ahora se combatía en las torres y en los alto de las murallas, mano a mano, y no había peores enemigos que los trolls.

Pero las sorpresas que les tenían reservadas no terminaban ahí. Un grito sonó en el interior de la fortaleza, y cuando Jerjem miró hacia el suelo, a pesar de la distancia, pudo ver varios trolls luchando con los defensores en el interior de la ciudad.

– Troll cavadores, le dijo Arexis – por suerte no son trolls de fase, no nos gustaría lo que puede hacer uno de esos bichos.

Jerjem miró  un lado y vio como varios dioscuros empujaban a dos de las crituras hacia atrás, y caían por las murallas. Esa misma noche Jerjem había perdido un compañero a manos de un troll albino, que había perecido bajo su propia espada negra.

– Vosotros, ordenó a una de las compañías de reserva, bajad las escaleras y ayudad con los trolls que se hayan colado centros, y por Adrient, tapad como sea los túneles – bramó.

Los hombres de la Guardia le obedecieron. Los Azur se habían hecho con el control total de la ciudad durante el estado de sitio, pero aún así obedecían ciegamente las órdenes informales de cualquier dioscuro. Sus hermanos de armas eran muy respetados en Seesa.

Un terrible impacto resonó a lo lejos, hacia le río, y Jerjem supo que la cosa iba a empeorar.

– ¿Qué más puede pasar ahora? – preguntó, aunque no esperaba una respuesta.

Arexis se la dio – Pellejudos, trolls de río. Están empujando troncos corriente abajo contra las puertas de hierro, y viajan encaramados en ellos. Si los troncos no las hacen ceder, su sangre corrosiva sí lo hará.

Jerjem se detuvo un segundo mientras trazaba un rápido plan de acción. En las murallas, los Magos Arbóreos y los Alquimistas vitriales añadían sus hechizos y efectos a las armas de la Guardia, e Ilex llamaba un conjuro tras otro para rechazar a los trolls gigantes que se encaramaban a las murallas. La peor situaión se daba dentro de la ciudad, y Jerjem sabía que si los trolls entraban por el río todo terminaría en un breve plazo de tiempo.

– Arexis, por favor, – decidió-  dile a tus hermanos que envíen todas las reservas a ese punto, si abren una brecha estamos perdidos. Nada les podrá detener. Diles que voy en camino. E intentad contenerlos aquí cuanto podáis.

***

Jerjem llegó a caballo a la zona de peligro. La ciudad estaba completamente aterrada, y los pocos habitantes que no se habían recluido en la zona interior corrían ahor hacia ella intentando salvar sus vidas.

En un par de ocasiones, con todo el pesar de su corazón, Jerjem tuvo que dejar a su suerte a unos ciudadanos que estaban siendo atacados por trolls que habían pasado por los túneles de los cavadores. Ahora mismo lo vital era contener la brecha del río.

Como se temía, los pellejudos se habían ensartado en las verjas, haciendo que su sangre corroyese el armazón, y las grandes rejas de metal acababan de ceder. Tras ellas, docenas de trolls de todo tipo se lanzaban al río intentando llegar al otro lado de la ciudad, con el hambre iluminando sus ojos de rabia.

El dioscuro sabía que no saldría de allí, pero se aprestó a defender la brecha el tiempo que pudiese para que el Consejo pudiese organizar una defensa y enviar a alguien más. Aunque no se le ocurría a quién.

Con un rugido, las bestias se alzaron sobre él y el puñado de hombres que le seguían y que le miraban esperando una orden, con el miedo reflejado en sus rostros.

– ¡Contenedlos lo que podáis, por vuestros seres queridos. Por Seesa. Luchad hasta el último aliento! – les dijo en un ruego más que en una orden.

La lucha fue sanguinaria, y sus hombre lucharon bien, pero uno a uno fueron cayendo bajo el peso del número y la fuerza de las bestias. Los trolls se detenían para devorarlos con una ferocidad y una rapidez estremecedoras, y poco a poco fueron acorralando a Jerjem y los suyos contra el muro.

Cuando Jerjem ya se aprestaba a un último y desesperado esfuerzo para intentar abrir una brecha hacia el interior de la ciudad, un grito de guerra les anunció que los refuerzos habían llegado ahora que todo parecía perdido. Pero donde Jerjem esperaba ver docenas de caballeros, dioscuros y guardias, sólo pudo ver un puñado de figuras.

Eran los enanos de la fragua, un grupo de esta raza que había acudido a Seesa a ganarse la vida como herreros, albañiles y forjadores. Nadie odiaba más a los trolls que esta raza, era un odio mutuo, innato. Pero eso no explicaba porqué los trolls retrocedían ante un simple puñado de enanos.

Uno de sus hombres le dio la respuesta.

– Han liberado a Atrius Serseda – dijo. Y un escalofrío de miedo recorrió la espalda de Jerjem.

Una figura oscura se había separado el grupo de enanos, y combatía solo contra un nutrido grupo de trolls. Llevaba una armadura negra, y su melena oscura parecía mecerse al viento cada vez que su espada, del mismo color, golpeaba.

Su cara no reflejaba ninguna emoción, y su único ojo sano parecía brillar con un brillo oscuro que se regodeaba en la matanza.

– Atrius Serdeda el Paladín Caído – murmuró mientras el hombre empalaba la mandíbula de un troll a escasos centímetros de su rostro. La bestia se quedó quieta, mirándole, y comenzó a dar dentelladas intentando llegar a la cabeza de su enemigo.

Éste, inmutable, le miró a los ojos, y retorció la espada, dañando más el cerebro, para acto seguido sacarla y con un movimiento fugaz, cercenar su cuello y uno de sus brazos de un solo mandoble.

Otros dos trolls se abalanzaron sobre él, pero antes de que llegasen donde estaba, él había saltado a su encuentro y les había atravesado de parte a parte con una lanza caída. Después, les empujó al río, donde las bestias se regenerarían, sin duda, pero eso no parecía importarle a Serdesa. Él parecía disfrutar causando daño.

Serdesa era quizás el criminal más buscado de todo el mundo de Black Hammer. En numerosas ciudades su nombre era temido como el de ninguna otra cosa, a excepción, quizás, de la Plaga.

Serseda fue una vez un paladín que vivía en Las Cascadas de la Lluvia de Estrellas. Era un hombre respetado y querido, hasta el día en que un grupo de esclavistas llegó a la ciudad, y secuestró a su mujer y su hijo. Los dragómadas, cuya política con los esclavistas era como mínimo, de tolerancia, llevaron a la mujer y al niño a la ciudad ed los esclavistas. Cuando Serseda reclamó ante el consejo de elfos y humanos de la ciudad, los dragómadas sólo algearon que había un contrato, y los contratos hay que cumplirlos siempre. Ellos no juzgan si lo que se comercia es bueno o malo sólo lo llevan de un sitio a otro.

El consejo de su ciudad, dependiente como casi todos del Gremio de Comerciantes, dijo que no podía hacer nada, excepto ayudar a Serseda a llorar a los muertos. Le aconsejaron que se buscase otra mujer, y que diese por muertos a ella y su hijos.

El paladín desapareció al día siguiente de la ciudad.

Lo siguiente que se supo es que estaba en la ciudad esclavista,  que había hallado a su mujer y su hijos muertos.

Serseda renunció a su fe, cambió sus votos, y juró por la Plaga que vengaría sus muertes. En tres noches la ciudad entera ardía, se desangraba o vomitaba sangre envenenada. Peor lo pasaron quienes sobrevivieron a esas tres noches.

Cuando, un año más tarde, la caravana del Gremio llegó a la ciudad, el único habitante que había era él. Se montó en la caravana ante la mirada perpleja de los dragómadas y se alejó de allí.

Las noticias de la masacre de una ciudad entera, de culpables e inocentes, recorrieron el mundo por boca del Gremio. Muchas ciudades le pidieron al Gremio que no le llevasen al Paladín Caído a su ciudad, pero Serseda había sido tremendamente inteligente y había comprado pasajes para visitar todas las ciudades de Black Hammer de forma repetida. Había empleado toda su fortuna familiar en ello, tenía un plan cuidadoso y lo estaba cumpliendo, pues los dragómadas no podían romper un contrato.

El plan de Serseda era exterminar a todos los dragómadas, a quienes consideraba responsables de la muerte de su familia.

Tras años de viajar de aquí para allá, varias casas gremiales destruidas, ante la impotencia del Gremio, que había sido engañado con sus propias leyes, y el asesinato de todo el que se le interponía, Serseda fue detenido en Seesa. Su juicio recorrió el mundo, y numerosos enviados de las ciudades afectabas vinieron para participar en él.

Fue condenado a muerte, pero el Maestro Tenebros intervino, y dijo que el Libro no autorizaba la pena capital para el Paladín Caído. A pesar de las protestas de las demás ciudades, Serseda fue condenado a cadena perpetua en la oscuridad.

Tal vez el Libro predijo esta situación, y si lo hizo, acertó por completo. A los pies del guerrero oscuro, había docenas de cuerpos de trolls mutilados, que se revolvían y se retorcían intentando pegarse a un cuerpo, aunque no fuese el suyo. Serseda sólo miraba hacia la salida por la que ya no parecía querer entrar ningún troll, y se arrojó al río nadando corriente arriba, en dirección al Exterior.

Serseda había preferido enfrentarse a la Plaga que volver a ser capturado.

Al poco llegó un grupo de soldados y herreros que ayudaron a los enanos a colocar las rejas y reforzarlas, pero para Jerjem no había tiempo par el descanso. No mientras los trolls asediasen Seesa. De camino de regreso a su sección de la muralla se detuvo, esta vez sí, para dar muerte a algunas de las bestias que se habían infiltrado en la ciudad, y recorría las calles en busca de ciudadanos indefensos a los que devorar.

Incluso en un combate de uno contra uno los trolls eran criaturas aterradoras, sentir su aliento repugnante en el rostro cuando les ensartabas con a espada y se lanzaban hacia ti para destrozarte la cara a dentelladas era más de lo que el dioscuro había esperado ver en su vida como guerrero.

Llegó a la muralla a tiempo para rechazar a otra oleada, mientras Arexis le informaba de un desesperado plan de matar al líder de los trolls que incluía a todos los dragómadas de presentes en Seesa y varios aventureros.

***

Esa misma mañana todo había concluido, un grupo de aventureros y dragómadas habían salido de la ciudad, aprovechando una distracción ocasionada por la hidra en las filas de los trolls. Se dirigieron al líder troll de dos cabezas y con la ayuda de una poderosa magia que los dragómadas habían recopilado en sus numerosos viajes, le habían dado muerte.

La horda dispersa entró en un frenesí de lucha y los defensores pudieron terminar con todos ellos de forma coordinada. Los grupos de trolls seguían llegando, pero al cabo de varias semanas dejaron de llegar.

La lucha había sido encarnizada y les había costado mucho a los seesanos. Muchas vidas y mucho sufrimiento. Su amigo Xi´xiret había muerto en la expedición hacia el campamento de los trolls, dando su vida para enmendar parte del daño que su imprudencia había causado.

Muchas familias estaban destrozadas, muchos guardias y ciudadanos habían muerto, y otros lo habían perdido todo ante la devastación creada por las bestias.

De Serseda no se supo más, aunque las noticias de la muerte de varios dragómadas en extrañas circunstancias volvían a recorrer el mundo. Otros prisioneros liberados para luchar en defensa de la ciudad se hicieron fuerte en un barrio de casas y la Guardia tuvo que reducirlos.

La ciudad tardaría años, quizás décadas en recuperarse de la catástrofe, y las consecuencias se harían notar en el comercio y el crecimiento de la ciudad.

Sea como fuese, Seesa había sobrevivido. Y para Jerjem eso era lo que realmente importaba.

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julio 28, 2010 Posted by | Relatos | 2 comentarios